Cristianenero 15, 2021
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6min24

Por el Arq. Gustavo Di Costa

Editor de Revista ENTREPLANOS

Como arquitectos, nuestro trabajo consiste en el manejo racional del espacio, diseñando y construyendo ámbitos, ya sean urbanos o particulares, que sean tanto funcionales como confortables. Siempre con el objetivo único de satisfacer la necesidad de las personas, en este caso el cliente o comitente,. Y esto no se puede lograr estandarizando un diseño, ya que las necesidades son únicas como las personas que las requieren y varían de acuerdo a sus gustos, preferencias, deseos, expectativas y ambiciones.

Por todo esto, nuestro trabajo debe responder a una gran sensibilidad tanto con el ser humano, como con el entorno en el cual se desarrolla. Estamos de acuerdo que un buen profesional no solo debe mantenerse a la vanguardia en todos sus conocimientos, tanto tecnológicos como tendencias de diseño, sino también, debe dominar la atención de las demandas e interpretar las necesidades.

Desde un espacio académico, coincidimos que para nuestra profesión debemos tener conocimientos de diseño, morfología, estructuras, tecnología, arte e historia, expresión gráfica, conocimientos prácticos de obra, humanismo y administración de costos y recursos. Pero lo más común es descuidar la formación del profesional sobre conocimientos básicos que le brinden herramientas al mismo sobre cómo puede desarrollar su trabajo/profesión, conseguir clientes, emprender una estudio/empresa, poder dar el salto o el primer paso tan temido para iniciarse en el mercado, lo que podríamos resumir en conocimientos básicos de marketing aplicados al desarrollo de su profesión.

Como todo profesional que pretende desarrollar su trabajo obteniendo más y mejores proyectos, debemos conocer cómo alcanzar los mercados para ofrecer propuestas. Por otro lado, cuánto más y mejor entienda el mercado donde debe apuntar, más capacitado permanecerá para poder brindar un mejor servicio al cliente, redundando en un círculo virtuoso al generar mejores resultados en proyectos, los cuales permitan a su vez, más proyectos.

La necesidad del cliente en foco

Desde un punto de vista amplio, el concepto de marketing determina que la satisfacción del deseo de los clientes es la justificación económica y social de la existencia de una empresa.

El punto principal sobre el cual gira toda nuestra empresa es el cliente o comitente, por lo tanto, tenemos que entender su entorno y necesidades para así lograr satisfacerlas, si respondemos a cada cliente podemos asegurarnos que el cliente va a regresar y nos va a recomendar. Por lo tanto, como estrategia inicial, debemos ofrecer un amplio conocimiento del mercado, su contexto y necesidades para, a partir de allí, satisfacer a nuestros clientes.

Podemos decir que el marketing para cualquier empresa, sea pequeña o grande, resulta indispensable a la hora de dar ese paso decisivo y empieza desde plantearse los objetivos a corto y largo plazo, formular un análisis de su realidad interna y externa, delimitar el mercado y estimar cómo queremos ser percibidos. Estas son las primeras herramientas básicas para comenzar a diseñar una estrategia de trabajo que apunte directamente a los objetivos pretendidos.

En contrapartida con ello, la realidad nos muestra que muchos profesionales o pequeñas empresas no le brindan realmente el valor al marketing que se le debe aportar. Hacen negocios de la forma más tradicional, sin siquiera darse cuenta que están haciendo marketing de la forma más rústica y sin tener control hacia donde los está llevando el rumbo que han tomado, gracias a determinadas decisiones no planificadas.

Un profesional de cualquier campo necesita saber cómo definir y segmentar un mercado y cómo desarrollar productos y servicios necesarios en los nichos del mercado elegido. Debe saber cómo fijar los precios de lo que ofrece para resultar conveniente, que esté al alcance de los clientes y posicione, al mismo tiempo, su trabajo con una alta calidad percibida. El profesional de la arquitectura debe conocer lo mejor posible las necesidades de su comitente, cuáles son sus gustos y disgustos, para proponer la solución más efectiva a una necesidad específica.


Cristianenero 8, 2021
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6min60

Por el Arq. Gustavo Di Costa

Editor de Revista ENTREPLANOS

El Código Civil y Comercial (CCyC) conforma un instrumento el cual reúne las bases jurídicas en nuestro país y fue creado por Dalmacio Vélez Sarsfield. En 1862 redactó el Código Comercial y en 1869, el Código Civil. En 2015 se realizó la primera actualización en la cual se han reemplazado más de 4.500 artículos. El CCyC brinda un marco legal a los derechos establecidos en nuestra Constitución Nacional.

Por ejemplo, en lo que respecta a los derechos de la propiedad, en nuestra Constitución podemos encontrar el artículo 14 que menciona “Todos los habitantes de la Nación gozan de los siguientes derechos conforme a las leyes que reglamenten su ejercicio; a saber:… de usar y disponer de su propiedad…”. Entendiendo a la propiedad como todo aquello que el hombre pueda tener, como por ejemplo: Los derechos de la propiedad intelectual; actos jurídicos de disposición y uso de la propiedad, entre otros.

Es el Congreso quien reglamenta este derecho, ya que los derechos no son absolutos –tienen límites– dado que deben defender el bien común y el orden social. Es por ello que se encuentra condicionado por una gran cantidad de normas, no solo del Código Civil y Comercial, sino también, de otros ordenamientos, incluso locales, que ponen un coto a las facultades de su titular.

La actualización del CCyC fue muy amplia. Se incorporaron 4.500 artículos. Uno de los cambios importantes se ve reflejado, por ejemplo, en la regulación de los derechos contractuales. En el Código Civil anterior, la regulación de contratos, en lo relativo a “obras” y “servicios” se encontraban separados, es decir, estaban legislados de manera independiente.

Hoy, con la actualización del CCyC, podemos apreciar que ambos se encuentran “unificados” en lo que respecta a las “disposiciones comunes a las obras y servicios” (desde el art. 1251 al 1261) y en lo relacionado a las disposiciones particulares, cada uno presenta su regulación en diferentes artículos: “Las disposiciones especiales para las obras” (desde el artículo 1262 al 1277) y las “normas especiales para los servicios” (desde el artículo 1278 y 1279).

Por su parte, el Art.1251, de capital importancia, suma la siguiente definición: “Hay contrato de obra o de servicios cuando una persona, según el caso el contratista o el prestador de servicios, actuando independientemente, se obliga a favor de otra, llamada comitente, a realizar una obra material o intelectual o a proveer un servicio mediante una retribución. El contrato es gratuito si las partes así lo pactan o cuando por las circunstancias del caso puede presumirse la intención de beneficiar”.

Aquí es importante resaltar que el articulo hace referencia a las partes intervinientes en el contrato, y lo establece indicando que las mismas son el “contratista o prestador de servicios” y el “comitente”; y se hace mención expresa a que aquel actúa en forma independiente al obligarse a favor de éste. El obrar independiente del contratista o prestador de servicios constituye un elemento distintivo fundamental que permite la división entre el servicio autónomo y el dependiente. De este último supuesto, y de la regulación específica de esa materia, se hace mención en el Art. 1252.

Otro punto importante y relevante que incorpora el nuevo CCyC es que las partes puedan acordar la gratuidad. En el Código Civil anterior solo se preveía la onerosidad de los contratos. Por otro lado, y en cuanto al objeto, expresamente se establece que puede constituir en la provisión de un servicio o en la realización de una obra y que la misma puede ser material o intelectual. Con esta última incorporación de la obra intelectual, lo que respecta a la “propiedad intelectual” queda protegida con el presente artículo a diferencia del código anterior que no lo trataba, debiendo aplicarse la Ley de Propiedad Intelectual.


Cristiandiciembre 16, 2020
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6min92

Por el Arq. Gustavo Di Costa

Editor de Revista ENTREPLANOS

Víctor Hugo, el gran poeta, dramaturgo y novelista romántico francés, sentencia: “La arquitectura es el gran libro de la humanidad”. Pero a ese libro le falten varias páginas…

La Real Academia Española define al término “Patrimonio” como “Hacienda que alguien ha heredado de sus ascendientes”. En este sentido, mucho es lo que la humanidad ha heredado en cuanto a producción arquitectónica. Entiéndase que la protección del patrimonio construido y tangible, su correcto mantenimiento y cuidado, implica el resguardo de las tradiciones culturales de una nación, y sumadas, del mundo entero.

El denominado patrimonio arquitectónico es sumamente amplio en su concepción. Puede llegar a comprender “desde un edificio, un conjunto de edificios o las ruinas de un edificio o de un conjunto de edificios que, con el paso del tiempo, han adquirido un mayor valor al originalmente asignado, el cual va mucho más allá del encargo inicial”. Dicho valor, como lo señalan los capítulos de ICOMOS (International Council on Monuments and Sites), puede ser “cultural o emocional, físico o intangible, histórico o técnico”.

Las obras de arquitectura que pueden considerarse como patrimoniales serán entonces las que, debido a una multiplicidad de razones, no todas de índole técnica o artística, con su sola ausencia, alteran profundamente el entorno donde se ubican.

Lo cierto es que el patrimonio arquitectónico y urbanístico se constituye en uno de los bienes más importantes que ostenta una comunidad, dado que al igual que los recursos naturales conforman bienes no renovables. A partir del patrimonio arquitectónico se puede leer y entender la historia de un pueblo, sus períodos, sus transformaciones, su desarrollo, desencuentros y logros comunes. Cada vez que la sinrazón del hombre -mediante las guerras, o la voracidad económica, por ejemplo- demuele un inmueble de importancia patrimonial está destruyendo el registro visual y material de las diferentes épocas que marcaron su propia evolución y desarrollo.

En palabras de Octavio Paz, “La arquitectura es el testigo insobornable de la historia, porque no se puede hablar de un gran edificio sin reconocer en él al testigo de una época, su cultura, su sociedad, sus intenciones…”

La devastación de las edificaciones se ha dado por la poca importancia asignada a la conservación del patrimonio arquitectónico, y a la búsqueda de una mayor rentabilidad de los propietarios, conjuntamente con Estados que lentamente -y en ocasiones tardíamente- toman conciencia de la fenomenal importancia de preservar nuestra historia material.

Mucho es lo que el mundo ha perdido, pero también, es vasto lo que resta por hacer. En nuestro país, el Comité Argentino del ICOMOS, una organización de valorado prestigio en este sector, fue fundado el día 21 de mayo de 1973 por un grupo de notables profesionales integrado por Jorge Gazaneo, Ramón Gutiérrez, Alberto Nicolini, Federico Ortiz, Mabel Scarone, Juan Alberto Schellenberg y Marina Waisman.

Dicha institución realiza permanentes acciones tendientes a crear conciencia y llevar adelante políticas de fomento para el cuidado de nuestro patrimonio consolidado. Por su parte, la Ley 3.628, aprobada por la Legislatura porteña, declara el 8 de abril de cada año como Día del Patrimonio Arquitectónico y Paisajístico de la ciudad de Buenos Aires.

Alguna vez el brillante arquitecto norteamericano Frank Lloyd Wright expresó: “La arquitectura es vida, o por lo menos, es la vida misma tomando forma y por lo tanto es el documento más sincero de la vida tal como fue vivida siempre”.

Un concepto de valor patrimonial.


Cristiannoviembre 16, 2020
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5min250

En la industria de la construcción, la base de un sistema de calidad se compone de dos documentos, denominados Manuales de Aseguramiento de la Calidad. Los mismos definen, por un lado, el conjunto de la estructura, responsabilidades, actividades, recursos y procedimientos genéricos que una organización establece para llevar a cabo la gestión de la calidad (Manual de Calidad), y por otro lado, la definición específica de todos los procedimientos capaces de asegurar la calidad del producto final (Manual de Procedimientos). De esta manera, el Manual de Calidad nos dice: ¿Qué? y ¿Quién?, y el Manual de Procedimientos, ¿Cómo? y ¿Cuándo?

Dentro de la infraestructura del sistema existe un tercer pilar: El de los Documentos Operativos, conjunto de informaciones que reflejan la actuación diaria de la empresa. Ahora bien, ¿cuáles son en nuestra industria los documentos aplicados como reaseguro de la calidad pactada ante un Comitente? Evidentemente, nuestro Manual de Aseguramiento de la Calidad no es otro que el Pliego de Condiciones Generales (PCG) de la obra en cuestión. Por su parte, el Manual de Procedimientos es equivalente al Pliego de Especificaciones Técnicas (PET) y finalmente, los Documentos Operativos, serán todos los planos que gráficamente nos servirán para corroborar la fiel interpretación del proyecto en la obra.

Resulta necesario prestar atención a la enorme importancia que revisten dichos documentos, ya que de ellos depende el feliz final de la obra y que su diseño no degrade la gestión productiva, técnica o económica de la materialización encargada.

El Arq. Ruy Varalla, un especialista en temas de gestión y administración de obras, afirma: “…Confiados en las particulares características de la industria, nuestras empresas de construcción, en lugar de aplicar y afianzar conceptos gerenciales capaces de asegurar la obtención de las metas deseadas, han preferido aplicar un manejo empresarial basado en la intuición y el coraje. Ya de por sí, en cualquier actividad, dichos componentes no son suficientes para asumir ningún compromiso productivo. Agreguemos las peculiaridades propias de la construcción y veremos que el logro de resultados acordes con las expectativas deseadas es puro milagro. Sólo el milagro nos puede salvar de no haber dicho no en el momento preciso. Y si es puro milagro, ¿cuál es la confianza que les podemos brindar a nuestros Comitentes sobre el producto final que les entregamos? Hemos intentado “delegar” al transferir la responsabilidad que, sobre el producto y la producción tenemos, entregándosela a operarios “por producción”. Ante esto nos preguntamos: ¿Cuál es la función que los profesionales tenemos dentro de la industria? ¿De qué manera podremos brindarles confianza a nuestros Comitentes, si nosotros nos desligamos de las responsabilidades que implica el gerenciamiento de la producción y el manejo de la calidad del producto?…”

Evidentemente, resulta fundamental en la industria de la construcción planear la ejecución de los procesos, ya que de ellos dependerán los logros en cuanto a eficacia y eficiencia, y por ende, los resultados operativos de la obra o proyecto. 

Debe ser común para todos los profesionales involucrados que la administración de los procesos constructivos se ejecuten conforme a las especificaciones técnicas, planos, y análisis de precios unitarios, considerando los siguientes factores de costo: Mano de obra, materiales, equipos y herramientas, entre otros.

El eficaz manejo de esos documentos técnicos constituye la respuesta correcta.

Por el Arq. Gustavo Di Costa

Editor de Revista ENTREPLANOS


Cristiannoviembre 5, 2020
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6min174

En el quehacer arquitectónico se verifican originales horizontes para la mano de obra. Hoy, hasta la denominación “plomero” suena desacertada. La aparición de nuevas tecnologías reorienta el accionar del instalador. Por ello, ahora hablamos del “Instalador especializado”, designación que se acompaña con la especificación de su quehacer (sanitarista, gasista, etc.). Dicha relectura respecto de la denominación de la mano de obra no resulta ser casual. Es sabido que una buena porción del mercado elige actualmente aplicar sistemas plásticos en sus canalizaciones, y sin embargo, a nadie se le ocurriría designar con el absurdo nombre de “plastiquero” al instalador.

El hecho de obviar, en la denominación de la mano de obra, el tipo de material aplicado sugiere una visión más adecuada acerca del accionar profesional. Después de todo ¿cómo resolvían nuestros antepasados sus problemas o satisfacían las necesidades que se les presentaban? Quienes desarrollaron la tecnología fabricaron, desde el rol que por entonces la sociedad les reclamaba, máquinas, sistemas, artefactos y dispositivos basados en su capacidad, experiencia y sentido común.

La propia palabra “técnica” proviene del vocablo griego “tekhné”, que significa “arte” o “maestría en un arte”. De esta forma, el nuevo rol de cierta mano de obra se inserta en el manejo de la última tecnología, constituida por el conjunto de procedimientos puestos en práctica con el objetivo de obtener un determinado resultado, el cual permanezca a la altura de las demandas que el hombre explicita en su contexto. 

Capacitarse, entonces, resulta un aspecto clave. 

El siglo XXI reclama nuevas respuestas a problemas históricos. También nos solicita un fuerte compromiso alrededor de temas más urgentes, como por ejemplo, el uso responsable y racional de los recursos naturales y energéticos (aspectos sobre los cuales toda la industria de la construcción debe aportar), la capacitación de la mano de obra para que actualice en forma permanente sus conocimientos, el desarrollo ético de las relaciones comerciales, etc.

La finalidad de la arquitectura es la obra y no el proyecto, razón por la cual la creación arquitectónica debe ser concebida en forma integral. La obra arquitectónica completa comprende dos etapas la composición y representación primero y la realización después. La técnica, denominando así al conjunto de conocimientos relativos a los materiales, elementos y disposiciones constructivas que puede manejar un arquitecto, para materializar su concepción, influye ampliamente en las dos etapas. La primera comprende la composición, la imaginación de la obra con sus formas, proporciones relativas, arreglos funcionales y estéticos.

El desconocimiento -o el conocimiento imperfecto- de las posibilidades y limitaciones que la técnica presenta para realizar la obra imaginada, puede traducirse en dos situaciones distintas.  Una, de materiales, o de recursos para concretarlas, y otro, que si los dispone resultan económicamente inconvenientes o incompatibles con la finalidad de la obra. Como ejemplo, podrán mencionarse proyectos donde se incluyen grandes ambientes sin columnas con construcciones pesadas en los pisos superiores donde no se han previsto los espacios necesarios para las estructuras resistentes destinadas a soportar, la cubierta de los ambientes en cuestión y las cargas de las obras ubicadas por encima; la adaptación de un proyecto debido a condiciones de ejecución posible, se traduce en el mejor de los casos, en modificaciones de escaleras, cambio de fachadas, etc.; otras veces la adaptación es imposible como cuando la altura total de los edificios permanece limitada por reglamentaciones u otras causas y la modificación obliga a superarla. 

Las citadas situaciones conducen, en primera instancia, a la inhabilitación total o parcial del proyecto, y consecuentemente, al descrédito del arquitecto que lo preparó. 

La “maestría en un arte” reclama un compromiso no siempre asumido por parte del profesional.

Por el Arq. Gustavo Di Costa

Editor de Revista ENTREPLANOS


Cristianoctubre 14, 2020
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4min210

La enseñanza ortodoxa de la arquitectura pone especial énfasis en la formación de diseñadores, valorizando los aspectos socioculturales de la producción arquitectónica.

Confía -excesivamente- en que los aspectos técnicos se completen fácilmente en los primeros años de actividad profesional, mediante la observación de los modos de producción de obra, tomando como base los conocimientos aprendidos en las asignaturas técnicas.

El éxito de un profesional se basa especialmente, en su aptitud para llevar a feliz término la materialización de sus proyectos. Quien nos encarga una obra, tiene especial interés en contar con un buen edificio el cual satisfaga sus expectativas y necesidades. No le interesa encargar solamente un buen proyecto ni un buen material gráfico (carpeta técnica). Es por ésta razón, que el profesional debe poseer los conocimientos necesarios para lograr concluir técnicamente una obra.

Pero no solamente eso, sino además, llevarla a cabo dentro de los costos previstos, en el plazo esperado y con la calidad requerida, respetando fielmente el proyecto original.

La aplicación racional de los recursos se consigue con la implementación de métodos de trabajo los cuales no pueden adquirirse solamente mediante la experiencia. Es necesario incorporar el conocimiento teórico sistemático, el cual permite aprehender la experiencia.

Si tenemos que entregar una obra completa en un determinado plazo, no esperaremos hasta el final para saber si lo cumpliremos o no, sino que aplicaremos las técnicas de control de avance para saber (en todo momento), si lo estamos cumpliendo.

En otro campo, al sospechar que una determinada tarea puede ser optimizada en cuanto a su rendimiento, la observaremos con una mirada crítica, buscando modificar el método de trabajo para hacerla más eficaz.

En este sentido, los recursos de producción son los medios técnicos, materiales y económicos capaces de permitir obtener un producto mediante un determinado proceso de manufactura. Separada del contexto industrial, dadas las singulares características del producto final, la construcción de edificios se caracteriza porque su materialización es llevada a cabo en el lugar de su implantación (in situ), a diferencia de cualquier otro producto industrial.

La utilización de los recursos debe adaptarse a esa particular modalidad, a pesar de las dificultades que ello representa en orden a la falta de aptitud de la obra para ser el propio ámbito donde se construye (clima adverso, distancias importantes a sortear para la entrega de materiales, etc.).

Salvando este primer escollo, podemos considerar que, para construir una obra, debemos disponer de recursos humanos para llevar a cabo el trabajo de producción, de recursos materiales para corporizarla y de componentes mecánicos para aumentar el rendimiento de los dos anteriores.

Toda mejora en la productividad supone una disminución en el precio del producto (en este caso, la obra), ya que representa un mejor aprovechamiento de los recursos utilizados. Esto permite mejorar los salarios del trabajador, disminuir el precio de los productos y aumentar los beneficios de la empresa.

Aspectos para nada desdeñables que la “Ortodoxia Arquitectónica” debería revisar.

 

Por el Arq. Gustavo Di Costa

Editor de Revista ENTREPLANOS


Cristianoctubre 2, 2020
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4min236

Durante algunas de mis clases donde estudiamos nuevos sistemas constructivos, los estudiantes no pueden reprimir la siguiente pregunta:

Estudiante: -Ese sistema es muy interesante, ¿pero cuál es su costo?

Una rápida respuesta sería -en la mayoría de los casos-: “Este sistema constructivo tiene un costo superior/inferior respecto a su símil dentro de los restantes sistemas constructivos”.

Pongamos un ejemplo: Un tabique realizado con construcción de placa de roca de yeso será un tanto más costoso que uno realizado en mampostería cerámica. Pero esa respuesta sería incorrecta. O al menos, incompleta

¿Por qué razón?

Porque los estudiantes comparan los recursos de producción involucrados y nada más.

Obvian valores sumamente importantes como el costo de la mano de obra -reducida notablemente en la materialización de los sistemas secos- y por ende, los gastos indirectos de la empresa constructora, seguros, y otras remuneraciones que perforan el bolsillo (o la billetera) del comitente.

Estimar la relación costo/beneficio se vuelve en un preciado valor a la hora de definir un detalle constructivo. Deseo sumar aquí un nuevo valor: El Costo Ambiental.

El costo inicial de un edificio energéticamente eficiente es sustancialmente superior respecto de aquél donde prima el beneficio económico de construir y vender, porque quien lo materializa no paga los costos de operación a lo largo de su vida útil (estimados, en promedio, en unos 70 años).

Una envolvente eficiente priorizará la iluminación, climatización y ventilación natural con una mínima intervención de instalaciones mecánicas para tal fin, así como el uso de sistemas pasivos que no requieran del consumo de energía para su operación. Se puede incluir el uso de instalaciones operadas con energías renovables (solar, eólica, etc.), si su costo así lo justifica. El valor económico de la energía debería ser considerada como una parte más del ciclo de vida del edificio, ya que no todas las tecnologías son equivalentes ni provocan los mismos efectos ambientales, si se tienen en cuenta los costos externos.

Los costos de construcción del edificio tendrían una incidencia directa en el precio de adquisición del mismo, pero cierto es que se verían compensados por el ahorro verificado en los costos de operación y mantenimiento.

Esto es: “Lo inicialmente barato puede resultar carísimo a futuro”. Nuevamente apelamos a la inmejorable relación costo/beneficio que es potestad del cliente conocer y obligación ética del profesional informar.

La categorización podría transformarse en un atractivo para el comprador del inmueble, favoreciendo el uso de esas tecnologías por parte del constructor.

Los costos de operación y mantenimiento de un edificio eficiente representan un ahorro para aquél encargado de abonar por dichos servicios, pero que no necesariamente es el propietario, por ende, deberían arbitrarse los mecanismos para que el beneficio también alcance a éste.

Por el Arq. Gustavo Di Costa

Editor de Revista ENTREPLANOS

 


Cristianseptiembre 14, 2020
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5min216

El eficaz control de todo aquello que se proyecta o programa es de fundamental importancia para el desarrollo de cualquier actividad productiva. Podríamos decir que ninguna actividad programada es válida si no va acompañada de un adecuado control. De tal forma, podremos saber si existe una cabal coincidencia entre lo programado y lo materializado. Caso contrario, conoceremos cuáles son las causas de las divergencias y capitalizaremos dichas experiencias para no incurrir en el futuro en otras similares. Podremos aplicar el control en varios campos:

  1. Control presupuestario: Digamos que el presupuesto es un conjunto coordinado de standard de operación para un fin determinado. En nuestro caso (la construcción) es muy difícil obtener un standard de mano de obra, materiales y gastos indirectos, en consecuencia, habrá que formalizar una estimación, y luego, una vez adjudicada la obra, desarrollar permanentes controles para corregir los posibles desfasajes, puesto que no se pueden trasladar las variaciones al precio final como ocurre en otras industrias. En una obra contratada por ajuste alzado el error no puede corregirse. De allí la necesidad de estudiarla cuidadosamente.

 

  1. Control de producción: El eficaz control de la producción de obra tiene influencia directa sobre la cantidad y calidad de los trabajos ejecutados, sobre los resultados económicos y financieros del proyecto desarrollado, y sobre la empresa misma. Dichos controles pueden efectuarse mensualmente. Un procedimiento usual es comparar el certificado mensual de obra realizado con los costos previstos.

 

  1. Control financiero: Al control de producción hay que adicionarle un requisito más: El tiempo de ejecución. El procedimiento de control puede verificarse comparando también el certificado mensual de obra con el plan de trabajo previsto contractualmente. Las posibles desviaciones pueden producir distorsiones serias y comprometer el cumplimiento del plazo de terminación en el caso de tareas atrasadas críticas. En este escenario, las posibilidades de recuperación serán más difíciles, y en todos los casos, impondrán la necesidad de aplicar más recursos, lo cual elevará el costo. La suma de las desviaciones puede provocar también efectos netamente financieros, puesto que las estimaciones originales de compromisos y pagos dejan de ser válidas. En otro orden, los cambios técnicos introducen variaciones en los montos originalmente presupuestados con sus consecuencias financieras. Ello es muy habitual en nuestro medio, obligándonos a permanecer muy atentos -y fundamentalmente- controlando todo lo que se encuentra a nuestro alcance para evitar la acumulación de desviaciones que deriven en una incontrolable situación.

 

  1. Control funcional: Se trata de efectuar las correcciones en las áreas donde no se logra la eficiencia esperada. Una vez analizado quién es el responsable de las desviaciones (siempre lo hay) habrá que aplicar las medidas necesarias para evitar su repetición, ya sea capacitando al personal o reemplazándolo en última instancia

El proyecto o concepción de la obra constituye el principio del objetivo final que es la obra terminada, por lo tanto, y para lograr la calidad, plazo y costo preestablecido, hemos resaltado la función del arquitecto integrando equipos, volcando en ellos, su máxima capacidad creativa en el área organizativa de ejecución y control, diferenciando qué debe hacerse y cómo se hace.

Por el Arq. Gustavo Di Costa

Editor de Revista ENTREPLANOS


Entreplanosseptiembre 3, 2020
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5min819

La arquitectura verde constituye un modo de concebir el diseño basado en la optimización de los recursos naturales y los sistemas, de modo de minimizar el impacto ambiental de nuestras construcciones en el medio ambiente y sus habitantes. El cambio climático a nivel mundial transformó la manera de construir. Actualmente, lo vemos como el nuevo modelo de diseño, pero en realidad, no es más que construir adecuadamente, teniendo en cuenta la ubicación, el asoleamiento, las aislaciones, etc.

Si consideramos que, aproximadamente, el 90% de la energía utilizada depende de combustibles fósiles, entendemos que es necesario modificar dicha matriz energética, siendo este el nuevo desafío. No hablamos de tendencias extremas, como la “casa pasiva”, sino de construir de manera sustentable, con envolventes eficientes, eficaces materiales y elementos, utilización de energías renovables, etc.

En este sentido, la Certificación LEED aporta una distinción que otorga una entidad internacional, el USGBC -Consejo de Construcciones Verdes de los EEUU- a aquellos proyectos y obras que han demostrado un compromiso ambiental más una reducción en la contaminación, consumo de materiales, energía, agua potable, tratamiento de residuos y calidad ambiental interior. Conforma un sistema de evaluación que permite otorgar a una construcción un cierto puntaje según sus mejorías.

En nuestro país es difícil proyectar en términos de largo plazo, aplicando una mentalidad del ahorro a futuro, puesto que las tarifas de los servicios aún son subsidiadas por el Estado, quitándole importancia económica al esfuerzo efectuado para utilizar energías alternativas. Los inversores, a quienes mayormente les interesa construir obras sustentables, son aquellos que invierten en oficinas para alquiler, por ejemplo, las cuales ofrecen un alto valor agregado respecto a las tradicionales, volcando el mercado hacia ellas. En los Estados Unidos un cliente está dispuesto a pagar un metro cuadrado más costoso dentro de un edificio eficiente. Esa lógica permanece ligada a una toma de conciencia del medio ambiente incorporada en su cultura. Quizás llegue el momento en que en nuestro país un cliente también optará por pagar más pensando en que no obtendrá un beneficio personal sino colectivo. Es hacia allí donde debemos dirigir nuestras construcciones.

Las citadas normas LEED, conjuntamente con otras existentes en distintos lugares del mundo, buscan unificar criterios válidos de análisis a los efectos de simplificar los procesos a la hora de tomar decisiones. Si bien es cierto que resulta difícil -por el momento- corroborar los beneficios directos de las arquitecturas sustentables, ya que aún los pocos proyectos certificados no han arrojado resultados sobre los montos efectivos ahorrados, dato que seguramente impulsará al mercado a interesarse más en esa temática; una construcción sustentable tiende a mejorar los diseños existentes en pos de una óptima calidad interior y menor contaminación ambiental.

Conforma una potestad del diseñador elegir qué sistema se aplica mejor a su proyecto, y en la actualidad, los principales interesados en invertir mejor, asegurando una adecuada rentabilidad del emprendimiento.

En definitiva, son las empresas que poseen inmuebles de renta, las que obtienen un rédito directo en sus ingresos, debido a que las marcas multinacionales buscan, cada vez más, obras sustentables para asentar sus sedes.

Por el Arq. Gustavo Di Costa

Editor de Revista ENTREPLANOS


Entreplanosagosto 19, 2020
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4min190

Como todo hecho productivo, una “obra” requiere de una organización funcional, que marque las jerarquías, dependencias funcionales, métodos y autoridades precisas para su producción. Esta estructura está fuertemente instalada en una pirámide de mando que va desde el Director de Obras, pasando por el Jefe de Obra, los capataces, los oficiales, ayudantes, administrativos y debe ser reflejada por parte de un organigrama consistente y equilibrado.

La organización de la estructura funcional es uno de los recursos imprescindibles al cual acceden los profesionales de la construcción para la asignación de los diferentes recursos productivos.

El cumplimiento de las pautas fijadas en las fases de planificación y programación acompañan continuamente la ejecución: La revisión y control de los diagramas de barras, redes e histogramas (es decir, los recursos asignados a cada tarea en particular) son de fundamental importancia en este momento.

Las inversiones, ingresos y egresos de los recursos económicos estimados se instalan en el jefe de la gestión económica. La formulación de curvas de inversiones, permiten plantear el manejo de los recursos financieros y su posible control posterior.

Toda obra es legalmente, un contrato de locación, en el cual las partes han pactado la ejecución de un edificio, para un uso determinado y en condiciones técnicas específicamente definidas. El cumplimiento de las mencionadas condiciones técnicas preestablecidas, son responsabilidad de los profesionales en sus diferentes roles.

Como Director de obra o Inspector, defender los intereses del comitente y el cumplimiento del contrato. Como Jefe de obra, el cabal cumplimiento de lo pactado y la protección de los interese de la empresa constructora a efectos de no superar los recursos asignados para la ejecución de las diversas tareas.

Hemos planteado una diferenciación fundamental, definir a la eficiente organización de las obras como un proceso intelectual el cual mezcla inteligentemente instancias de análisis con la ejecución “in situ”. Todo ello con un único y fundamental objetivo: Fortificar la formación profesional de los arquitectos en uno de los frentes más conflictivos de su relación con el mercado laboral.

Recuperar calidad y excelencia es hoy fundamental.

Tenemos la necesidad de concebir a la construcción como un proceso donde los arquitectos también deben aplicar su capacidad de diseño.

Diseño que debe encontrarse fuertemente basado en un contenido científico y de análisis. Una pared tiene una forma determinada, un error en su cálculo no es responsabilidad del azar sino de la negligencia.

Ser precisos y a la vez imaginativos, conforma el gran desafío.

 

Por el Arq. Gustavo Di Costa

Editor de Revista ENTREPLANOS



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