Informe Especial: Las tres “R”

La sustentabilidad o sostenibilidad tecnológica ha estado en auge en los últimos años a nivel mundial, y en particular, mucho se ha escrito, aplicado y avanzado en las tecnologías relativas a la construcción de viviendas. Aunque esto tiene una difusión más ampliamente aplicada en países desarrollados, se han visto esfuerzos en aquellos en vías de desarrollo o subdesarrollados, quizás con distintas motivaciones y resoluciones. Por otro lado, existen varios acercamientos, por momentos dispares a la materia, “teorías”, recomendaciones o recetas no siempre son aplicables o plausibles en cualquier geografía o realidad económica.

Peter Jaques habla sobre la sostenibilidad global del ser humano a partir de su estudio Sustainability: The Basics. Allí, el autor sugiere que no existe una definición única y definitiva de la sostenibilidad, aunque aclara que sostener algo no es otra cosa que mantenerlo en funcionamiento. En el estudio diferencia entre una sostenibilidad débil, dirigida hacia la economía y donde los mercados encuentran soluciones; y una fuerte, dirigida hacia la tecnología, que requiere cambios de comportamientos como sociedad.

Las buenas prácticas medioambientales en viviendas y obras en general no solo abarcan medidas o recomendaciones sobre materiales y tecnologías relacionadas a los mismos, sino sobre un extenso listado de aspectos. A fines enumerativos, desde el diseño funcional, podemos nombrar cuestiones de asoleamiento, ventilación cruzada, orientación y ubicación geográfica, terrazas verdes, etc. Desde el punto de vista de los recursos técnicos y/o tecnológicos, no relacionados propiamente a los materiales sino al uso, podemos mencionar los radiadores o termotanques solares, cocinas solares, colectores de luz, climatización geotérmica, composting, biodigestores, energía eléctrica solar y eólica, colectores de lluvia, tratamientos de aguas grises, filtros naturales de agua, electrodomésticos y consumibles de alta eficiencia energética, etc.

Por el lado de las medidas urbanísticas y sociales de gran escala, son importantes, entre otros innumerables factores, la reducción, separación y correcto tratamiento de residuos, ampliación de espacios verdes, fomentar la movilidad urbana sin emisiones de gases invernaderos (como bicicleta, monopatín o caminar) o reducir el uso del transporte tradicional mediante más y mejor empleo del transporte público; provisión eléctrica de fuentes renovables (eólica, geotérmica, solar, mareomotriz, etc.).

Los principios básicos y globales de sustentabilidad en cualquier campo (conocidos también como la regla de las tres letras R, popularizada originalmente por la organización Greenpeace), en orden de importancia, son:

Reducir: Si se reduce el problema o la causa del mismo, se disminuye el impacto ambiental consecuente. A los fines prácticos, basta con reemplazar un material por otro más adecuado.

Reutilizar: La premisa es brindarle a un objeto una segunda vida útil después del primer uso para el cual fue concebido. El fin puede ser un uso completamente distinto al original, y los ciclos pueden ser indefinidos.

Reciclar: Se trata de brindarle al material de un objeto un distinto uso u otra vida útil. Es la que más energía consume, pero reduce considerablemente el impacto ambiental acotando desechos no biodegradables.

Al momento de diseñar una vivienda es importante reparar en la reducción del consumo de recursos, desde la etapa de ensamble de materiales y durante el empleo de la misma. La reducción no habla de resignar confort o calidad de construcción, sino de utilizar los recursos limitados o con impacto ambiental alto de una forma eficiente y optimizada. Respecto del uso, donde mayormente se centran los avances en materia de sustentabilidad más difundidos y tradicionales, la clave radica en optimizar el uso de energías y recursos no renovables. Para ello se presta atención al uso de la electricidad, gas (u otros combustibles aplicados para calefacción, cocina y provisión de agua caliente) y agua potable, conservando niveles de confort y habitabilidad aceptables. Sobre la construcción en sí, los esfuerzos de reducción se centran en optimizar el uso y la aplicación de materiales, y en disponer elementos con menor impacto ambiental en términos de su huella de carbono, un concepto sumamente importante.

Acotar el consumo

Para enfrentar de una forma más eficiente el uso de la electricidad y el gas, la primera medida es generar una aislación entre el exterior y el interior lo más ideal posible, de forma que la transferencia de energía en calor se mantenga dentro en invierno, y afuera en verano; sin atravesar esos límites, generando ahorros en refrigeración y calefacción de ambientes.

 

Se define un coeficiente de transmitancia térmica, llamado K (o U dependiendo de la bibliografía) como la propiedad de un material de transmitir energía en forma de calor desde un lado de mayor temperatura hacia otro de menor. Las unidades son: energía (W) sobre superficie (m2) y sobre la diferencia de temperatura de temperatura (K): W/m2K. Mientras más bajo el coeficiente, más aislante y por lo tanto, más conveniente. De acuerdo al clima característico de cada zona geográfica, se sugieren o exigen valores de K máximos admisibles para lograr una eficiencia energética y valores de confort mínimos, de acuerdo a los códigos de edificación gubernamentales (Norma IRAM 11603 en Argentina).

Para lograr buenas aislaciones vale prestar especial atención a las envolventes, tanto verticales como a los techos y también a los suelos. Múltiples recursos, materiales y arreglos de los mismos hacen a las envolventes más eficientes (Norma IRAM 11601). Como referencia, un muro tradicional de ladrillos macizos comunes de 20 cm y un revoque interior y exterior, presenta un valor de K de 2.22, incumpliendo, por ejemplo, la Ley de Acondicionamiento Térmico N° 13.059, vigente en la provincia de Buenos Aires.

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