Arquitectura Sustentable
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27.05.15 Opinión

La cuestión de la sustentabilidad

Pareciera en estos días que el sólo discurso de la sustentabilidad convierte a los objetos de arquitectura en “sustentables”. Como si los argumentos técnicos propagandeados o las publicidades de cuanta cosa existe como ornamento, decoración, o excusa cosmética verde justificara la profunda orfandad en que se hallan las propuestas de diseño, no sólo a nivel ingeniería sino a escala ciudad, sin reflexionar y debatir en concordancia con los genuinos principios de lo sustentable.



Por el Arq. Dardo H. Becerra






Pretender dar cuenta de intervenciones que no sólo presumen de proteger el paisaje construido, sino también, de resguardar a los usuarios del entorno habitado, cuando sólo se construyen sobre terapias paliativas que aniquilan a nuestros edificios y urbes de una mirada de lo sustentable que se sostiene en  el marco visual de la apariencia y de la imaginería más promiscua. Entonces, el mundo construido se depreda o no se depreda bajo la tutela de la moral sustentable. La sustentabilidad debe armarse en el plano de lo real, en la materialidad maltratada o abandonada de los propios del quehacer profesional.


Cuando se producen objetos que dilapidan la energía, que por otra parte es convencional, porque no existen presupuestos teóricos de proyectos vinculados a la orientación, la locación, la capacidad de reconvertir lo demolido en construido y se elevan torres que en verdad sólo auspician el mal uso de los recursos tecnológicos, energéticos y organizacionales en procura de una venta inmobiliaria que si obligadamente debe ser sustentable desde lo rentable, estamos frente a un escenario esquizofrénico.


La primera rentabilidad -en muchos casos- termina siendo un gasto impensado de irreversible condición para poner en valor algún método de sobrevivencia urbana. La basura se dispone, no se selecciona, no se recicla, se oculta y sus procesos de captura son denigratorios de la armonía funcional y habitacional de la ciudad. Sin embargo, se recurre a operaciones dermatológicas no profundas que restauran lo pacatamente visual.


No podemos seguir insistiendo en pseudo preocupaciones funcionales, cuando en realidad, alientan especulaciones estéticas que no por ser bellas no son elocuentes de la desidia y la indolencia de las intervenciones poco serias y nada solidarias.


Deberíamos preguntarnos qué estrategias proyectuales utilizan energías no convencionales, qué edificios se proponen reconvirtiendo su basura, qué planos de climatización se visualizan para mejorar las condiciones bioambientales, qué premisas básicas trabajan sobre las sombras que oscurecen la iluminación entre los edificios, qué órdenes se presumen para los protocolos de seguridad ambiental, qué restricciones deben tomarse para asegurar el silencio, qué convenios deben proponerse para garantizar la no contaminación…


Si estas respuestas se dan en el marco de una lectura integral, podrán entonces definirse los parámetros para la propuesta y el diseño de objetos sostenibles y poco vulnerables a nivel socio-ambiental.


Hacer lo correcto con lo que preexiste, no niega la posibilidad de disminuir amplitudes térmicas con terrazas o muros vegetales, pero no basta entender el mundo en una maceta de reciprocidades y ventajas de lo sustentable. Habrá que definir entonces medidas mitigadoras de lo hecho, no maquillaje, sino modos de accionar en conjunto, entre los hacedores de la construcción y la comunidad que participa y que debe ser interpelada para brindar sus propias razones y expresar sus expectativas.


El  engaño  divulgado de que los horizontes de intervención encuentran su límite en fachadas, artilugios o pieles que se visten de importantes, no puede seducirnos. La capacidad del hacer se basa en artefactos, es decir, en tomar recursos, materiales y herramientas y convertirlos en vida útil o utilizable, no existe posibilidad de no generar algún daño, interferencia o contingencia con el entorno. Pero entonces, se torna necesario sincerar las operaciones  de fabricar objetos para habitar, con un temperamento que tome como principio la regulación y el equilibrio del medioambiente para considerar la sustentabilidad como metodología de rescate de lo posible, en un sentido profundo y respetuoso del tratamiento de los conflictos entre la arquitectura y la naturaleza, que inexorablemente, van a ocurrir.


No hay moraleja en este cuento, porque los que lo cuentan son los mismos que desarrollan la fábula de la realidad.


Lo grave es que los argumentos mal esgrimidos por los profesionales son absorbidos por políticos -que no sin ingenuidad- los convierten en rectores de su pensamiento o bases de plataforma que se inspiran en mecanismos livianos e inconducentes para destrabar los problemas que se suceden y se suscitan. El peligro de las amenazas o hecatombes ambientales existe, su dramatización en cuerpos tibios o sin contenido no allana el camino a la verdad, sino que alimentan la especulación y presunciones precarias desentonadas de una realidad -que por grave- no deja de ser auspiciante de nuevas modelizaciones. La academia, en vínculo estrecho con la profesión debe ser didáctica, próspera y anunciar con rigor las adversidades como las nuevas formas de acción.


La sustentabilidad es y debe ser una razón científica, no una propedéutica del disfraz que tiñe el quehacer con una mirada cómplice de las maniobras económicas que presumen la resolución del problema haciéndonos a todos verdes, porque el discurso es verde y la operación es negra. Como siempre asumir esta postura involucra la honestidad intelectual, el orden riguroso y la mirada atenta.


Nada es sustentable si no existe un pensamiento ético de peso que también lo sea.

 

Perfil del Autor: Subsecretario del Poder Judicial de la Provincia de Buenos Aires.


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