El arte de producir

Numerosos son los estudiosos que a lo largo de la historia han manifestado un entusiasmo -real o impostado- por el desarrollo de la productividad. La definición más austera de productividad volvió a la Europa debilitada de 1945, gracias a los Estados Unidos triunfantes. Los estudios más inteligentes no son del todo convincentes y, en 1961, aún documentos como “Las dudas sobre las nociones de productividad”, de Bertrand de Jouvenel, y las variaciones sobre esas mismas dudas de Dayre, demuestran que continúa vacío el contenido del termino “productividad”. El estudio de conjunto sobre la productividad, y de las posibilidades de su cuantificación, ha sido desentrañado por ramas enteras de la industria.

Por el Arq. Gustavo Di Costa, Editor de la Revista ENTREPLANOS.

 

Ahora bien, en la construcción, diversas circunstancias han llevado a preocuparse por la productividad en las operaciones particulares. Dichas circunstancias radican, principalmente, en el afán de comparar la situación de la construcción en diferentes países, tratando de verificar si los métodos “modernos” de construcción han superado o no a los métodos “tradicionales”. Con razón o sin ella, se ha llamado a comparar a la productividad, por ejemplo, de dos operaciones en Francia o en Alemania, o entre un trabajo industrializado y uno tradicional. ¿Son útiles esas nociones acerca de la productividad en una operación particular o en una elemental?

Pueden escribirse muchos aspectos sobre dicho propósito y aventurar expresiones matemáticas. Todo ello carece de sentido, mientras no se sepa estimar ni el número de productos ni los consumos. En nuestro caso, los productos son las obras, cuya heterogeneidad conocemos. Es realmente absurdo comparar la mano de obra consumida en dos construcciones cuyo valor difiere en un 30%, sin considerar efectivamente dicha diferencia. Muy por el contrario, cuando se saben apreciar los valores, la noción de productividad nada tiene de misteriosa.

Se puede decir que la dualidad precio de ejecución-valor del objeto producido, pondera correctamente la productividad de la operación. La macro-escala de la industria de la construcción confunde, desde el punto de vista productivo, emprendimientos bastante diferentes. A escala de la obra elemental, la misma se encuentra definida con pormenores y no se puede comparar más que lo comparable. Resulta útil comparar, no la productividad de un mismo conjunto de producción en fechas diferentes, sino particularmente, la productividad simultánea de diversos conjuntos. Allí nos interesamos menos en comprobar los programas de la productividad que a medirla verdaderamente.

La productividad de un procedimiento constructivo no puede ser más que la razón de la cantidad de objetos producidos a uno cualquiera de los consumos que contribuyen a su manufactura: mano de obra, materiales, equipos, o a una combinación lineal de los mismos. Vale establecer la productividad media de un procedimiento, de una época o de una región.

Por consiguiente, mediante el uso que de ella se ha hecho en la construcción, la noción de productividad no encierra ninguna novedad: conforma una expresión moderna de la antigua noción de rendimiento de un proceso de fabricación, o del éxito de una operación. Sólo un defectuoso conocimiento del contenido de las construcciones ha podido crear confusión en torno de una noción tan remanida.

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