Entreplanosjulio 23, 2018
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Numerosos son los estudiosos que a lo largo de la historia han manifestado un entusiasmo -real o impostado- por el desarrollo de la productividad. La definición más austera de productividad volvió a la Europa debilitada de 1945, gracias a los Estados Unidos triunfantes. Los estudios más inteligentes no son del todo convincentes y, en 1961, aún documentos como “Las dudas sobre las nociones de productividad”, de Bertrand de Jouvenel, y las variaciones sobre esas mismas dudas de Dayre, demuestran que continúa vacío el contenido del termino “productividad”. El estudio de conjunto sobre la productividad, y de las posibilidades de su cuantificación, ha sido desentrañado por ramas enteras de la industria.

Por el Arq. Gustavo Di Costa, Editor de la Revista ENTREPLANOS.

 

Ahora bien, en la construcción, diversas circunstancias han llevado a preocuparse por la productividad en las operaciones particulares. Dichas circunstancias radican, principalmente, en el afán de comparar la situación de la construcción en diferentes países, tratando de verificar si los métodos “modernos” de construcción han superado o no a los métodos “tradicionales”. Con razón o sin ella, se ha llamado a comparar a la productividad, por ejemplo, de dos operaciones en Francia o en Alemania, o entre un trabajo industrializado y uno tradicional. ¿Son útiles esas nociones acerca de la productividad en una operación particular o en una elemental?

Pueden escribirse muchos aspectos sobre dicho propósito y aventurar expresiones matemáticas. Todo ello carece de sentido, mientras no se sepa estimar ni el número de productos ni los consumos. En nuestro caso, los productos son las obras, cuya heterogeneidad conocemos. Es realmente absurdo comparar la mano de obra consumida en dos construcciones cuyo valor difiere en un 30%, sin considerar efectivamente dicha diferencia. Muy por el contrario, cuando se saben apreciar los valores, la noción de productividad nada tiene de misteriosa.

Se puede decir que la dualidad precio de ejecución-valor del objeto producido, pondera correctamente la productividad de la operación. La macro-escala de la industria de la construcción confunde, desde el punto de vista productivo, emprendimientos bastante diferentes. A escala de la obra elemental, la misma se encuentra definida con pormenores y no se puede comparar más que lo comparable. Resulta útil comparar, no la productividad de un mismo conjunto de producción en fechas diferentes, sino particularmente, la productividad simultánea de diversos conjuntos. Allí nos interesamos menos en comprobar los programas de la productividad que a medirla verdaderamente.

La productividad de un procedimiento constructivo no puede ser más que la razón de la cantidad de objetos producidos a uno cualquiera de los consumos que contribuyen a su manufactura: mano de obra, materiales, equipos, o a una combinación lineal de los mismos. Vale establecer la productividad media de un procedimiento, de una época o de una región.

Por consiguiente, mediante el uso que de ella se ha hecho en la construcción, la noción de productividad no encierra ninguna novedad: conforma una expresión moderna de la antigua noción de rendimiento de un proceso de fabricación, o del éxito de una operación. Sólo un defectuoso conocimiento del contenido de las construcciones ha podido crear confusión en torno de una noción tan remanida.


Entreplanosjulio 16, 2018
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La medida de un trabajo permanece asociada a un método o modo de realizar la tarea. Es decir, que cuando se define la duración de una tarea se deberá aclarar qué método o forma de materialización se está empleando para llevarla a cabo. La medida del trabajo dentro de nuestra industria resulta de la aplicación de las técnicas para determinar el contenido de horas/hombre de una función definida, fijando el tiempo en el cual un trabajador calificado lleva a cabo con apego a una norma de rendimiento preestablecido. Lo más lógico es que, previamente a efectuar la medida de un trabajo definido, se haya realizado un estudio del método que permita obtener un modelo más eficiente de tal forma que, cuando se efectúa la medición del trabajo, éste corresponda al método óptimo y sea un valor estable o irreductible.

Por el Arq. Gustavo Di Costa, editor de la Revista ENTREPLANOS.

La determinación de la medida del trabajo para las tareas de obra es de gran utilidad para la conducción y dirección en cuanto permite: programar la producción, igualando la carga de trabajo de los componentes de cada grupo o grupos de obra, obteniendo el uso racional de los recursos de personal y equipos; contribuir al conocimiento exhaustivo de los costos de obra; y utilizar una política de incentivos o de primas de producción, que verifica una muy buena herramienta de dirección. Para que el tiempo tipo a determinar resulte significativo, es evidente que debe ser realizable por la mayor cantidad de operarios o trabajadores de una obra. Sería inútil fijar ritmos de trabajo muy elevados, los cuales puedan cumplir solamente los mejores empleados. Asimismo, no fomentaría la eficiencia de la obra fijar niveles tan bajos que puedan ser realizados holgadamente por los trabajadores menos activos.

Para obtener, entonces, valores equitativos y razonables en la medida del trabajo, se puede cuantificar la tarea con trabajadores promedio. Pero debemos considerar que los operarios no trabajan día a día, y ni siquiera, minuto a minuto con suma constancia. A partir de lo anterior resulta vital disponer de algún medio que nos permita evaluar el ritmo con que los operarios están trabajando y establecer la relación con el ritmo normal. El procedimiento empleado para lograrlo se denomina “Valoración”. Lo definimos como la operación mediante la cual quien observa una tarea con el objeto de hallar la medida del trabajo, comparando la situación de los operarios a quienes está observando, con el propio ritmo normal de ejecución de la tarea. El ritmo normal lo definimos como “aquel que puede mantenerse fácilmente un día tras otro sin excesiva fatiga física o mental, y se caracteriza por la realización de un esfuerzo constante y razonable”. Es aceptado que el ritmo normal resulta equivalente a la velocidad de movimiento de un hombre que recorre a pie, por terreno llano y en línea recta, 4.800 m en una hora (Velocidad de 4,8 Km/h).


Entreplanosjulio 13, 2018
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A partir de los años 70 del siglo pasado, los países desarrollados manifestaron la necesidad de impulsar el ahorro energético en vista del creciente costo del petróleo. El foco de la crisis energética del año 1973 provocó que la humanidad toda se plantee la necesidad de reconsiderar el gasto energético de sus edificaciones. En los últimos años, la redacción del Acuerdo de Kyoto torna mucho más evidente la importancia de la mencionada economía.

Por el Arq. Gustavo Di Costa, Editor de la Revista ENTREPLANOS.

Estudios realizados en los EE.UU. acerca del problema energético demostraron que el 25% del consumo total de energía, en sus diversas formas, se emplea en la climatización de construcciones. De dicho porcentaje se estimaba factible reducir el consumo en un 50%.

Nuestros edificios conforman instrumentos de captación, acumulación y distribución de energía. Atento a ello es fundamental comprender que la arquitectura debe necesariamente adecuarse a las condiciones bioclimáticas circundantes. El profesional del diseño deberá descubrir las formas de cada lugar y a través de la tecnología actual y la correspondiente investigación, procurará aprovechar sus ventajas.

La energía calórica actual para una vivienda con un buen nivel de aislamiento térmico (Muros y Techos), puede dividirse en 40% para la instalación sanitaria (agua caliente) y 60% para la instalación destinada a calefacción. Podríamos ahorrar el 80% de la energía empleada por una vivienda para el calentamiento del agua y hasta un 50% en calefacción, debido a los avances tecnológicos. De acuerdo con estudios formulados, se podría economizar -aproximadamente- el 40% de la energía empleada en los edificios aplicando tecnologías eficientes. De esta manera, es posible lograr una interesante economía energética mediante un adecuado criterio de diseño tendiente a mejorar la relación superficie-volumen. Es útil comprender que los fenómenos higrotérmicos se originan, por lo expuesto, en la envolvente del edificio. La responsabilidad de los arquitectos en este campo resulta ser trascendental, dado que sólo a partir de condiciones interiores adecuadas en las obras proyectadas, podremos hacer participar al usuario en la responsabilidad que él también ostenta en el consumo de energía.

Un párrafo aparte merece la responsabilidad de las instituciones y organismos públicos, sus funcionarios y técnicos, encargados de decidir cómo serán los edificios propuestos a fin de brindarle a los usuarios, obras energéticamente eficientes y con la mayor economía de recursos posible.

Los denominados Costos de los Servicios Energéticos, representan aproximadamente más del 15% de los gastos de una vivienda. Con la participación activa de todos los sectores, evitaremos el derroche de energía sin afectar la calidad y confort de las condiciones interiores. Un óptimo diseño de un edificio permite descubrir soluciones con medios pasivos que motorizan reducciones del consumo aplicado al confort térmico interior.


Entreplanosjunio 25, 2018
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En la industria de la construcción, las consecuencias de un proceso inflacionario no son siempre las mismas, puesto que no existe un único tipo de fenómeno. Los inversores, sumidos en un sistema inflacionario, pierden la capacidad de aplicar sus recursos al sector, dado que la consecuencia más importante de dichos períodos es que el dinero pierde su valor adquisitivo, lo cual afecta, en un primer momento, a la población que percibe salarios fijos, aunque posteriormente, afecta directamente a personas cuyos ingresos dependen del consumo de los primeros. Atento a ello, las obras retrasan su posibilidad de comercialización, y la fiebre de la construcción desacelera su ritmo.

Por el Arq. Gustavo Di Costa, editor de la Revista ENTREPLANOS.

Habitualmente, los profesionales de la industria de la arquitectura y la construcción experimentan la compleja tarea de presupuestar sus emprendimientos anticipándose a un proceso inflacionario, aspecto que motiva algunas advertencias. En primer lugar, definiremos el concepto de “inflación” muy mentado, pero estimo, pocas veces comprendido en su verdadera magnitud. La inflación supone un aumento general y sostenido de los precios de productos y servicios de un país, iniciado y potenciado por alguna variación económica. Entonces, la inflación consiste en una disminución del valor del dinero con respecto a los productos o servicios que se pueden adquirir. En realidad, los procesos inflacionarios actúan como un termómetro capaz de medir una escala de posible pre-crisis financiera. Al respecto, nuestro país ha sufrido diversos episodios a lo largo de su historia de mayor o menor severidad.

Para los inversores existe otro aspecto de vital importancia por lo negativo: La inflación genera desconfianza y angustia. Las personas no pueden encontrarse seguras sobre qué tanto aumentarán los precios de los productos semana tras semana y mes tras mes, por lo que se preocupan y pueden tender a realizar “compras por pánico” las cuales, irónicamente, incrementan la demanda, y con ello, la inflación.

Ante dicho contexto debemos encauzar nuestros objetivos para evitar que la incertidumbre se apodere de nuestros proyectos y programar con anticipación las compras/servicios de los recursos de producción necesarios. No debemos dejarnos llevar por la idea de que si un insumo muestra un alto precio aumentará a futuro, dado que la inflación promueve, también vale decirlo, especulaciones de todo tipo. En paralelo, es conveniente eliminar de nuestra cartera las deudas contraídas en el pasado e invertir dinero en nuevos proyectos. Ante un proceso inflacionario resulta fundamental ahorrar e invertir a fin de preservar el valor monetario del cash, evitando -o salvaguardando- su real cuantía.

No olvidemos, para finalizar, que en épocas inflacionarias es cuando más el pequeño y mediano inversor recurre a “sacar del colchón su efectivo y ponerlo en ladrillos”. Pasado el chaparrón, dicha inversión representará un valor recuperado respecto de otras ofertas presentes en el mercado financiero.


Entreplanosmayo 7, 2018
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Los procesos que definen los alcances de una licitación deberán permanecer plasmados y compilados, formando parte de esta manera, de la documentación técnica de una obra a materializar. Los textos serán definidos con precisión, para que redactados convenientemente, aporten valor a efectos de que cada una de las empresas interesadas en participar de la compulsa abierta para construir una obra, puedan encontrar una fuente veraz de respaldo.

Por el Arq. Gustavo Di Costa, editor de la Revista ENTREPLANOS.

Si definimos el concepto de “Licitación”, diremos que el mismo conforma un procedimiento de carácter administrativo el cual se cumplirá a los fines de arribar a la ejecución de una obra con altos niveles de eficacia y transparencia en cuanto a sus sistemas de contratación. La historia retrata, en múltiples ocasiones, el primigenio concepto de una licitación. Ya en la Roma antigua, sus tratados de derecho establecían el desarrollo y normas de procedimiento para las licitaciones de carácter público destinado a aquellas contrataciones encauzadas por el Estado.

En aquel entonces, los botines de guerra obtenidos en los distintos enfrentamientos eran rematados públicamente. En el solar en el cual se realizaría la compulsa entre los oferentes que pujaban por quedarse con la totalidad o parte de los tesoros confiscados a los bandos perdedores se plantaba un “asta”, arma de guerra, y al mismo tiempo, la insignia real oficial. De allí procede el término “subasta” con que en muchos países se denomina al sistema licitatorio.
Específicamente, la documentación compilada será la responsable de nuclear una serie de disposiciones redactadas unilateralmente por el licitante, la encargada de regular el trámite, mecanismo y formalidades del procedimiento de preparación y ejecución ulterior del contrato. En sus cláusulas generales y particulares se focaliza el objeto, obra o servicio motivo de la licitación, las condiciones de contratación, su preparación y posterior materialización.

En síntesis, todas las informaciones que nutren a los documentos licitatorios, cualquiera sea su naturaleza, han de ser accesibles a todos los participantes. Dicha garantía respecto a la igualdad de oportunidades favorece una sana competencia. Una licitación debe apuntar, fundamentalmente, a obtener el máximo de eficiencia económica. De esta forma, las reglas impartidas por el esquema licitatorio brindarán el menor margen posible para el desarrollo de un ejercicio discrecional del poder de selección. Su formato de nomenclador logra alcanzar –conceptualmente- el carácter de un catálogo capaz de definir, con justeza, las acciones originadas por el acto licitatorio, de las cuales derivan sus consecuencias mediatas. Ello independientemente de la escala de la obra, el monto económico de la misma u otras variables a considerar.

Las ventajas de orden técnico, económico, legal, ético, técnico, etc., consecuencia del desarrollo de una licitación, transparentan las condiciones marco de ejecución de una obra. Por caso, y en relación a una licitación convocada por un organismo del Estado, el procedimiento origina una acción moralizadora en lo que a contrataciones se refiere, dado que el acto evita connivencias dolosas y promueve la acción de control y fiscalización que sobre la actividad administrativa ejercen los mismos participantes, quienes cuentan con los medios procesales idóneos para impugnar cualquier tipo de proceder ilegítimo verificado durante el acto.

De esta forma, y ante la cantidad de opciones que se presentan, el Estado resguarda sus intereses garantizándose el debido cumplimiento y ejecución del contrato, una óptima calidad de la prestación, una mayor capacidad técnica y financiera de los contratantes, entre muchos otros aspectos. En suma, se benefician todos los integrantes de la cadena productiva.


Entreplanosmayo 4, 2018
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La construcción es uno de los motores de la economía de todo país, tanto de infraestructura pública como de obras particulares, conformando un sector el cual refleja, indefectiblemente, los índices de crecimiento económico y el nivel de vida de sus ciudadanos. La innovación tecnológica, la apertura de nuevos mercados, la globalización de la economía, el desarrollo tecnológico, factores políticos y regionales, los nuevos medios de comunicación que nos acercan innovaciones de todo el planeta, y actualmente la ecología, constituyen variables a tener en cuenta, en ambos sectores de la construcción. Representa, entre otros, los puntos más relevantes para la sostenibilidad y creación de empresas que “realmente” sean competitivas.

Por el Arq. Gustavo Di Costa, editor de la Revista ENTREPLANOS.

El entregar los proyectos en el tiempo adecuado brinda confiabilidad, así como el ofrecimiento de productos con los mejores estándares de calidad. Esta última condición, considerando productos de alta calidad no “debe ser” un valor agregado. Los nuevos ítems deben ser absorbidos por la los asimile, y a la postre, le otorgue como “beneficio económico empresarial” una nueva cartera de clientes. Es decir, tomar como objetivo la “calidad y la modernidad o la ecología” puede que “técnicamente” mejore la calidad de vida del individuo, pero paralelamente constituye, sin lugar a dudas, una ganancia a futuro para las empresas constructoras. Como dice el viejo refrán: “Quien no arriesga, no gana”.Segmentar el mercado, por necesidades apropiadas puede tornar al sector mucho más competitivo.

La responsabilidad social de las empresas contratistas en infraestructura, conforma otro objetivo inseparable de las políticas empresariales. La construcción de obras de infraestructura no solamente permanece enfocada a la realización de un contrato, sino además, a mejorar la calidad de vida de la comunidad. Dentro de ese contexto, el servicio al cliente debe contemplar más que una estructura una estrategia, adoptando no solamente las empresas que se encuentran en el mercado, sino incluir dentro de las políticas a las futuras pymes que ingresan al sector. Entonces, se deben crear estrategias de servicio encaminadas a modificar las estructuras empresariales, y utilizar la tecnología, no solamente en equipos de construcción, sino en sistemas de información, ofreciendo nuevas alternativas de construcción (ecológicas, industriales, etc.) que pueden desarrollar mejores prácticas para lograr que el cliente se muestre satisfecho con la gestión empresarial.

Una definición objetiva y universal de calidad, es la de Phill Crosby: “Calidad es cumplir con los requerimientos, o también, el grado de satisfacción que ofrecen las características del producto o servicio, en relación con las exigencias del consumidor”.El costo de la no calidad, conocido también como el “precio del incumplimiento”, permanece compuesto por aquellos gastos producidos por ineficiencias o incumplimientos, los cuales son evitables, como pueden llegar a ser, por ejemplo, desperdicios, devoluciones, reparaciones, reemplazos, gastos por atención a quejas o exigencias de cumplimiento de garantías, que potencialmente pueden convertirse en conflictos legales. En este escenario, el enfoque en la productividad se centra en la rentabilidad que beneficia al productor, en tanto que el enfoque en la calidad se centra en el producto/servicio el cual beneficia al cliente, y por lo tanto, supone el enfoque al cliente.


Entreplanosabril 20, 2018
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Esa pregunta es la que nos va a hacer nuestro cliente luego de que nos cuente sus necesidades, así sea una reforma, una ampliación o una vivienda nueva. Para responder la consulta, debemos analizar una serie de costos dentro de los cuales desglosaremos todos los pasos, las personas y situaciones involucradas en la realización del proyecto.

Por el Arq. Gustavo Di Costa, editor de la Revista ENTREPLANOS.

Definiremos, desde el inicio, la distinción entre los conceptos de “Costo” y “Precio” de una obra. Se denomina precio al valor comercial total que está dispuesto a pagar quien encomienda la materialización de una determinada obra. Por otra parte, entenderemos como costo al valor que incluye la totalidad de los montos pagados por la estructura productiva (contratista principal) que emprende el trabajo de la construcción. Por lo dicho queda claro que el precio de una obra es fijado por las condiciones imperantes en el mercado, mientras que el costo permanece en directa relación con el valor de los recursos empleados.

Resulta fundamental realizar dicha diferenciación de conceptos ya que los mismos remiten a distintas situaciones. En ciertos contextos económicos, una empresa decide hacerse cargo de la realización de una obra a efectos de mantener su plantel laboral o para que su nombre permanezca vigente en el mercado. Ese precio que determina la empresa, fue de alguna manera regulado por la competencia, no es acorde con el costo de la obra, y puede considerarse como una inversión efectuada por la firma para defender determinados intereses que pueden ser los mencionados más arriba u otros que podrían jugar conjuntamente en la toma de decisiones. Vale aclarar que el profesional en su rol de proyectista, es el encargado del diseño de la obra, por ende, deberá conocer la tecnología a implementar a efectos de la representación y especificación de la misma, ya que la documentación del proyecto constituye la base para la resolución de la temática en cuestión.

Quien posee conocimiento técnico y reconoce el proceso de producción de la obra está capacitado para disponer la racionalización de los recursos interactuantes con el proceso productivo. Sólo en apariencia, la documentación resulta ser independiente de la producción de la obra. Quien proyecta no sólo deberá contactarse con los espacios creados sino con la producción de los mismos, visualizando la organización de la infraestructura necesaria y adecuada. De esta forma, materializará una documentación completa, la cual posibilitará la economía de dicho proceso, ya que diseñará en función del costo de la obra.

En el presente análisis estamos integrando el concepto de economía y productividad que otros podrían considerar independientes del simple proceso técnico de la formación del costo, lo cual implicaría solamente asignar valores a lo proyectado. Esa es una posición posible, pero entendemos que es necesario llevar a cabo un estudio más integral, no olvidando conceptos fundamentales como el de rescatar la importancia de un buen diseño, así como la de efectuar un óptimo análisis económico, el cual deriva en la correcta distribución de los recursos a implementarse en la dinámica de la construcción.

Una pregunta fundamental es ¿cómo se organizará la obra? De allí derivará el costo en base al proyecto del obrador, su ubicación y composición, el costo de la infraestructura de producción que incluye redes viales, sanitarias, eléctricas, entre otros sistemas a desarrollar en función de la escala del emprendimiento.


Entreplanosmarzo 19, 2018
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El título del presente editorial constituye un equívoco y un desconocimiento de la norma existente, puesto que un profesional no puede actuar ni percibir honorarios como director de obra donde se forma parte como empresa constructora o como contratista. Entre las funciones más relevantes del director de obra figuran: controlar la ejecución de los trabajos de acuerdo con la fiel interpretación de los planos integrantes de la documentación contractual, la emisión de los certificados de obra y la recepción de la misma. Este sucinto enunciado de obligaciones del director de obra pone en evidencia el contrasentido del título, puesto que un profesional no puede desempeñar al mismo tiempo dos roles que responden a distintos intereses: los del comitente y los del contratista. Simple y clarito.

Por el Arq. Gustavo Di Costa, editor de la Revista ENTREPLANOS.

Permanentemente, el Consejo Profesional de Arquitectura y Urbanismo (CPAU) se encarga de difundir entre sus matriculados información y opinión sobre éstas y otras cuestiones tendientes a mejorar la práctica profesional, encuadrándola dentro de las normas que la reglamentan. El desconocimiento de dichas disposiciones motiva la doble actuación del profesional como director de obra y contratista, dando lugar a causas de ética y a la consiguiente aplicación de sanciones.

Cierto es que en las carátulas de los planos municipales de la Ciudad de Buenos Aires se deben registrar, entre otras, las firmas de los profesionales responsables de la dirección de la obra y de la construcción de la misma. Es habitual que cuando se efectúa la presentación de los mencionados planos, aún no haya sido designado el constructor de la obra y que el profesional a cargo de la dirección suscriba los planos también como constructor a efectos de iniciar el trámite. Por una razón u otra es frecuente que la anómala situación descripta no sea posteriormente subsanada, en cuyo caso, el director de obra permanece asumiendo las responsabilidades técnicas, civiles y penales que en realidad le corresponden al constructor de la obra. Al respecto del CPAU nos advierte acerca de dicha situación para que los profesionales consideremos las responsabilidades de las funciones asumidas, innecesariamente, y para que sean evitadas cuando en la realidad no corresponden. Para el caso en que un mismo profesional que ejerce la Dirección de obra toma a su cargo la ejecución de la misma, y firma los planos como constructor, el CPAU establece que no es de aplicación el artículo 2.31.3 del Código de Ética, el cual dispone: “no asumir en una misma obra funciones de director al mismo tiempo que las de contratista parcial o total”, dado que el rol es eminentemente técnico y no debe ser confundido con el de un contratista.

En cuanto a los encargos por “Proyecto y construcción”, ese sistema o modalidad tiene por finalidad principal la de unificar, en un único encargo, los distintos roles que participan necesariamente en un emprendimiento edilicio. Por un lado, los roles profesiones como son los de proyecto, dirección y ejecución de obra, y por el otro, el rol comercial del empresario. Además, el sistema permite anticipar el precio de la obra y el plazo para su ejecución desde las primeras etapas del diseño y en ciertos casos, solo en base a programas de necesidades y especificaciones muy completos. Se suele aplicar este sistema cuando el comitente asigna al precio y plazo de ejecución de la obra mayor una importancia respecto de contar con un mejor producto arquitectónico. No obstante, existen formas de optimizar esa eventual desventaja, que serán comentadas en futuras notas editoriales.


Entreplanosmarzo 9, 2018
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El cliente proporciona información sobre sus requerimientos, actividades y procesos a desarrollar en el edificio, limitaciones en cuanto a costos y tiempos de ejecución, expectativas, preferencias y en su caso, antipatías y rechazos. Con esta información y su experiencia, el arquitecto puede ajustar y reelaborar el denominado “Programa de Necesidades”.

Por el Arq. Gustavo Di Costa, editor de la Revista ENTREPLANOS.

Suele suceder que el cliente establezca sus requerimientos en base a supuestos anteriores y desconozca nuevas posibilidades existentes para resolverlos. En ambos casos, el arquitecto, se encuentra en las mejores condiciones para ofrecerle propuestas alternativas con ventajas que su cliente no imaginó. Ajustado el programa de necesidades, el arquitecto permanece en condiciones de iniciar el estudio del “Anteproyecto”, a efectos de brindar una respuesta adecuada e interpretar las expectativas de su cliente. Pero antes de comenzar con las primeras de las etapas, usualmente la conocida como “Croquis preliminares”, es necesario que el comitente informe la cantidad de dinero del cual dispone, señale con precisión el límite máximo a invertir y si prevé que el edificio debe encontrarse finalizado para una fecha prefijada. Los mencionados datos serán la base para que el arquitecto efectúe sus primeras estimaciones, provisorias y tentativas, sobre el monto y el tiempo necesarios para completar la construcción del proyecto e informe si sus aspiraciones son posibles y, en caso contrario, adoptar decisiones que las transformen en factibles.

Dado que el costo de la obra se encuentra directamente relacionado, entre otros factores, con los plazos de construcción, los cuales en caso de ser exiguos o excesivos, implican costos adicionales, es conveniente que el comitente establezca claramente sus prioridades y le otorgue a su arquitecto un cierto margen para decidir sobre los aspectos con mayor incidencia dentro de estos factores: tipología del proyecto, sistemas constructivos, materiales, terminaciones y tipo de instalaciones, así como las formas y modalidades para la contratación de la obra.

No resultan aconsejables en este momento inicial los intentos para lograr que las estimaciones de costos y tiempos encuadren en los términos previamente asignados… La realidad pocas veces torna exitosos este tipo de especulaciones. El camino, en estos casos, radica en decidir si se aumenta la inversión o se encaran economías en lo concerniente al programa, diseño o especificaciones, si se reduce el proyecto o se encara su construcción en etapas.

Es conveniente también que desde las primeras instancias, el arquitecto le presente un cronograma a efectos que el comitente conozca los lapsos de cada una de las principales etapas del proyecto, adjudicación, contratación y construcción de la obra. A medida que el arquitecto avance en las distintas etapas del proyecto permanecerá en condiciones de presentar estimaciones de costos y cronogramas cada vez más ajustados y precisos.

Vale señalar que desde las primeras etapas del proyecto el arquitecto deberá contar con un relevamiento topográfico del terreno, con sus deslindes, medidas, ángulos, cotas de nivel y, si corresponde, ubicación de construcciones existentes y árboles a preservar. También, debe disponer de un estudio de suelos, necesario para proyectar la estructura del edificio. Los mencionados servicios profesionales no se encuentran incluidos dentro de los correspondientes a proyecto y dirección. Atento a ello, deben ser realizados por profesionales con las incumbencias necesarias, al tiempo que sus honorarios permanecerán a cargo del comitente.


Entreplanosmarzo 5, 2018
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Los operarios que trabajan en obra se encuentran en constante riesgo. Mejorar los estándares de seguridad, salud y las condiciones laborales, dependen de la colaboración de personas que trabajan mancomunadamente. La gestión de la seguridad comprende las funciones de planificación, identificación de áreas problemáticas, coordinación, control y dirección de las actividades de seguridad en la obra, todas ellas con el fin de prevenir accidentes y enfermedades. Las condiciones de trabajo seguras y saludables no se dan por casualidad. Es preciso que los empleadores dispongan de una política escrita de seguridad en la empresa capaz de establecer las normas responsables de brindar puestos de trabajo seguros y sanos.

Por el Arq. Gustavo Di Costa, editor de la revista ENTREPLANOS.

 

Es necesario prestar especial atención a los trabajadores que llevan a cabo sus tareas en puestos clave, debido a que sus errores pueden ser especialmente peligrosos para los demás. La organización de la seguridad en una obra en construcción dependerá del tamaño de la misma, del sistema aplicado y de la manera en que se organiza el proyecto. Es preciso llevar registros de seguridad y sanidad los cuales faciliten la identificación y resolución de las problemáticas detectadas.

En aquellos proyectos de construcción donde se utilicen subcontratistas, el contrato deberá establecer las responsabilidades, deberes y medidas de seguridad demandadas a la fuerza de trabajo. Dichas medidas podrán incluir el suministro y uso de determinados equipos de seguridad, métodos para la ejecución de tareas específicas en forma segura, más la inspección y manejo adecuado de las herramientas. El encargado de la obra, en forma paralela, verificará que los materiales, equipos y herramientas empleados cumplan con las normas de seguridad. La buena organización y planificación de la obra, sumado a la adjudicación de responsabilidades claramente definidas, resultan fundamentales para establecer una adecuada “Política de Seguridad”.

Cada supervisor requiere del apoyo directo de la Dirección de la obra, y dentro de su área de competencia se asegurará que se efectúen regularmente inspecciones. Las mismas determinarán, fehacientemente, las condiciones de trabajo y el equipo en cuanto a normas de seguridad; que se haya capacitado adecuadamente a los obreros para el trabajo a realizar; el cumplimiento de las medidas de seguridad en los puestos; la adopción de las mejores soluciones utilizando los recursos y destrezas disponibles; la existencia y aplicación del equipo de protección personal necesario.

Entonces, entendemos que la seguridad de la obra requerirá inspecciones regulares y el suministro de los medios para adoptar todas las medidas correctivas. La capacitación de los obreros les permitirá reconocer los riesgos y entender cómo superarlos.

Todo obrero tiene el deber moral de ejercer el máximo cuidado de su propia seguridad y la de sus compañeros. Existen varias maneras de lograr la participación directa de los trabajadores en el acondicionamiento de la obra, como por ejemplo; reuniones de cinco a diez minutos con los supervisores antes de comenzar la tarea, brindando la oportunidad de considerar los problemas de seguridad que pueden plantearse y su posible solución. Se trata de una actividad sencilla la cual puede evitar accidentes graves.

Un último punto a considerar es el control de seguridad, prueba que deberían realizan los trabajadores para verificar los riesgos que depara el medio ambiente laboral antes de comenzar una operación, y les permita tomar la sumatoria de medidas preventivas para corregir aquellas situaciones de riesgo, las cuales luego, puedan ponerlos en peligro a ellos mismos u otros obreros.

La seguridad en obra no debe subestimarse, de hecho, es un bien preciado. Un bien de todos.



Auspician Entreplanos




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